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jueves, 10 de mayo de 2012

Virginia Woolf, 28 de Marzo de 1941



Dearest,
I feel certain I am going mad again. I feel we can't go through another of those terrible times. And I shan't recover this time. I begin to hear voices, and I can't concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don't think two people could have been happier till this terrible disease came. I can't fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can't even write properly. I can't read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can't go on spoiling your life any longer.


 I don't think two people could have been happier than we have been...



Querido,
estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tu me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte... todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.


No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.



Virginia Woolf; nota de despedida

martes, 17 de abril de 2012

8 de junio de 1977


Pero también es que me gusta escribir, a ti, de pie y aceptar ser sorprendido mientras lo hago, exactamente la situación que rechazo en bloque cuando se trata de escribir otra cosa, para otros y para publicarles. Y al mismo tiempo, sabes que no me gusta escribirte estos fragmentos miserables, estos puntitos perdidos en nuestro inmenso territorio, que apenas permiten verlo, imaginarlo incluso, que lo ocupan tan brevemente como el punto sobre la I, un solo punto para una sola I, infinitamente pequeño en un libro infinitamente grande. Pero (apenas puedo soportarlo, aguantar este pensamiento con palabras) el día en que ya no sepa hacerlo, cuando ya no me dejes poner los puntos sobre mis íes, el cielo se me caerá encima y la caída no tendrá fin, me extenderé en el otro sentido

La Tarjeta Postal. De Freud a Lacan y más allá
1986

Jacques Derridá

domingo, 21 de marzo de 2010

Se está haciendo cada vez más tarde

Mi Mujer querida:

Quisiera realmente escribirte una carta, un día de estos, una carta total, una carta verdadera y total, lo pienso y pienso cómo sería si te la escribiera: estaría escrita con palabras normales y corrientes, ya desgastadas por las muchas personas que las han dicho  y casi ingenuas, si bien inflamadas por las pasiones de un tiempo. Y atravesando los oscuros estratos de lava y de arcilla que la vida ha ido sedimentando sobre todas las cosas, con ella te diría que yo sigo siendo yo, y que mantengo mis sueños, solo que me despierto al alba y que a veces la mano me tiembla al sostener la pluma y el pincel. Y que también la causa es la misma: la vieja madera tiene el mismo olor y se deja roer por la carcoma, a través de la ventana del mirador entra en verano un haz de luz que dibuja en la pared de enfrente, como sombras chinescas, las hojas de la parra trepadora de la reja, y entonces es hermoso tumbarse en el sillón de mimbre, mientras fuera, en los campos de alrededor, reina la calma del mediodía y los grillos no callan un instante, y son sin duda los mismos grillos , es decir, diferentes e iguales a los de siempre. Y que a finales de febrero, la magnolia japonesa sigue floreciendo, incluso antes de que le salgan las hojas y parece un extraño tiesto de flores confitado en el aire, como eterno. Y con ella, algo más apartada en el jardín, está la mimosa que te gustaba tanto. (…) 
Y además te diría que las veladas son largas, larguísimas, casi infinitas, y lánguidas, pero que mi corazón reacciona como en otros tiempos, y a veces ante una música, un sonido, una voz que pasa por la calle empieza a palpitar como loco, parece un caballo al galope. Sin embargo, si la noche me despierta, como siempre, para calmar esos latidos me levanto y me voy al comedor, enciendo una vela amarilla, porque el amarillo es hermoso en la penumbra, y leo Dulce y clara es la noche, y sin viento, y esas palabras me tranquilizan, aunque el viento fuera sacuda las ramas de los árboles y entonces me digo: lejos de su propia rama, pobre hoja frágil, ¿adónde vas tú? Me lo pregunto e intento volver a quedarme dormido y si no lo consigo reavivo las brasas de la chimenea para que brillen un poco más, y para quedarme dormido pienso que podría escribirte que no sabía que el tiempo no espera, de verdad que no lo sabía, nunca se piensa que el tiempo está hecho de gotas y basta con una gota de más para que el líquido se esparza por el suelo y se extienda la mancha y se pierda.
Y te diría que amo, que sigo amando, aunque mis sentidos parezcan cansados, porque lo están, y ese tiempo que era tan rápido e impaciente, ahora se me hace larguísimo a ciertas horas de la sobremesa, sobre todo a medida que se va acercando el invierno, cuando equinoccio se marcha y la tarde cae a traición y las luces que no te esperabas caen en el pueblo. Y te diría también que he preparado las palabras para mi lápida, no son muchas, porque entre la fecha del nacimiento y la que será de mi muerte todos los días son míos, y he tenido la precaución de dejárselas al hombrecillo que se encarga de estos caritativos servicios, por oficio o por vocación. Y te hablaría además de aquella vez que te vi, mientras tu me enseñabas el paisaje, y tu figurita que destacaba contra el horizonte me pareció lo más hermoso que el mundo había concebido, y me entraron ganas de interrumpir tu sabia descripción abrazándote con el calor de los sentidos que entonces estaban inflamados.
Y además te hablaría de ciertas noches en las que hablábamos de aquella casa en otros ríos que hemos contemplado juntos pensando en que discurrían solos, sin advertir que nosotros discurríamos con ellos.  Y te diría también que te espero, aunque no se espere a quien no puede volver, porque para volver a ser, aquello que fue debería ser aquello que fue y eso es imposible. Pero te diría: mira, aquello que ha sido en todo este tiempo, que parece tan imposible de perforar como cuando el taladro se topa con un estrato de granito, pues bien, todo eso no es nada, no será en absoluto un obstáculo imposible de superar cuando leas la carta que un día te escribiré, ya verás, una carta en la que siempre he pensado, que me ha acompañado durante todo este tiempo, una carta que te debo y que te escribiré de verdad, puedes estar segura, te lo prometo.

Antonio Tabucchi
Se está haciendo cada vez más tarde. 
2001.

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sábado, 2 de enero de 2010

Carta a una señorita en París

... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevan a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas,  porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a su mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando se me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
 Julio Cortázar
Bestiario.

Carta a una señorita en París.
1951