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martes, 17 de abril de 2012

8 de junio de 1977


Pero también es que me gusta escribir, a ti, de pie y aceptar ser sorprendido mientras lo hago, exactamente la situación que rechazo en bloque cuando se trata de escribir otra cosa, para otros y para publicarles. Y al mismo tiempo, sabes que no me gusta escribirte estos fragmentos miserables, estos puntitos perdidos en nuestro inmenso territorio, que apenas permiten verlo, imaginarlo incluso, que lo ocupan tan brevemente como el punto sobre la I, un solo punto para una sola I, infinitamente pequeño en un libro infinitamente grande. Pero (apenas puedo soportarlo, aguantar este pensamiento con palabras) el día en que ya no sepa hacerlo, cuando ya no me dejes poner los puntos sobre mis íes, el cielo se me caerá encima y la caída no tendrá fin, me extenderé en el otro sentido

La Tarjeta Postal. De Freud a Lacan y más allá
1986

Jacques Derridá

martes, 20 de abril de 2010

El único defecto verdaderamente fatal de tu carácter

Y a todo esto se añade que por tus actos y por tu silencio, por lo que haces y dejas de hacer, vuelves cada día de mi largo cautiverio más difícil de vivir para mí. Tu conducta envenena mi ración diaria. Haces que el pan me sepa amargo y el agua salobre. Redoblas la pena que compartes, transformas en angustia el dolor que tratas de aliviar. No quieres hacer esto, sin duda. Sé que no quieres hacer esto. Se trata únicamente de “el único defecto verdaderamente fatal de tu carácter: la falta de imaginación”.
Y la conclusión es que tengo que perdonarte. Debo hacerlo. No escribo esta carta para llenar de amargura tu corazón sino para extraerla del mío. Por mi propio bien debo perdonarte. Nadie quiere llevar siempre una víbora en el pecho que se alimenta de su carne ni levantarse noche a noche para sembrar cardos en el jardín de su alma. Si me ayudas un poco no me será difícil perdonarte. Siempre perdoné fácilmente cuanto me hiciste en los viejos días. Esto no fue para tu bien. Sólo puede perdonar los pecados aquel cuya vida está libre de todo mancha. Pero ahora que estoy confinado en la humillación y la ignominia es diferente. Ahora mi perdón representaría mucho para ti. Alguna vez lo entenderás. Ya sea que lo entiendas tarde o temprano, pronto o nunca, veo claramente el camino que se abre ante mí. No puedo permitirte seguir viviendo con el peso que cargas en tu corazón por haber arruinado a un hombre como yo. Este pensamiento puede llenarte de tristeza. Debo descargarte de ese peso y llevarlo sobre mis hombros.
Debo decirme que ni tu ni tú padre multiplicados mil veces podrían arruinar a un hombre como yo; que me arruiné a mi mismo y que nadie grande o pequeño puede ser arruinado sino por su propia mano. Estoy absolutamente dispuesto a decirlo. Estoy tratando de decirlo aunque no me creas en este momento. Si lanzo esta implacable acusación es en contra tuya, piensa qué acusación lanzo sin piedad en contra de la mía. Terrible como fue lo que me hiciste, fue mucho más terrible  lo que me hice a mí mismo.
Oscar Wilde
De Profundis.
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miércoles, 14 de abril de 2010

Salvo que esta palabra no es la acertada


Querido Leon:
Todavía recuerdo vívidamente la primera vez que fui a visitarte a tu estudio o a la habitación que utilizabas entonces como estudio. Hace unos cuarenta años de eso. Recuerdo los escombros y la esperanza omnipresente. La esperanza era extraña porque su naturaleza era semejante a la del hueso que el perro entierra en el jardín.
Ahora el hueso ha sido desenterrado, y la esperanza se ha transformado en un impresionante logro. Salvo que esta palabra no es la acertada, ¿no crees? Que se vayan al infierno todos los logros y su reconocimiento, que siempre llega demasiado tarde. Pero se ha cumplido una esperanza de redención. Has salvado gran parte de lo que amas.
Las palabras no son la mejor manera de decir todo esto. Es como tratar de describir el sabor del ajo o el olor de los mejillones. De lo que quiero hablarte es del estudio.
Lo primero que preguntan los pintores con respecto al espacio que va a convertirse en estudio es siempre relativo a la luz. Y uno podría pensar en los estudios como en una especie de invernadero o de observatorio o incluso de faro. Y, por supuesto, la luz es importante. Pero en mi opinión, un estudio, cuando se utiliza, es mucho más parecido a un estómago. Es un lugar de digestión, de transformación y evacuación. Es donde las imágenes cambian de forma. Donde todo es al mismo tiempo, regular e impredecible. Donde no hay un orden aparente y donde se origina todo el bienestar. Un estómago lleno es, desgraciadamente, uno de los sueños más antiguos de mundo. ¿No?
Puede que esté diciendo todo esto para provocarte, porque me gustaría saber qué imágenes te sugiere a ti un estudio (el lugar donde se hacen las imágenes), a ti que te has pasado tantos años solo en uno. Ya me dirás…
John

John Berger.
Dibujar: Correspondencia con Leon Kossoff.
El tamaño de una bolsa.
2004
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jueves, 8 de abril de 2010

La poesía de todo acto intensamente vivido


"Cada día me convenzo más de que la vigilia y el sueño son momentos de una realidad que se nos escapa íntegramente y de la cual sólo advertimos (o creamos) fragmentos aislados. Nunca amé demasiado el racionalismo frío y absoluto; ahora lo detesto profundamente. Creo que en la intuición, en los valores emotivos, en la poesía de todo acto intensamente vivido, se esconden las fuentes últimas de la verdad."
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Julio Cortázar
Cartas.

1940.
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domingo, 21 de marzo de 2010

Se está haciendo cada vez más tarde

Mi Mujer querida:

Quisiera realmente escribirte una carta, un día de estos, una carta total, una carta verdadera y total, lo pienso y pienso cómo sería si te la escribiera: estaría escrita con palabras normales y corrientes, ya desgastadas por las muchas personas que las han dicho  y casi ingenuas, si bien inflamadas por las pasiones de un tiempo. Y atravesando los oscuros estratos de lava y de arcilla que la vida ha ido sedimentando sobre todas las cosas, con ella te diría que yo sigo siendo yo, y que mantengo mis sueños, solo que me despierto al alba y que a veces la mano me tiembla al sostener la pluma y el pincel. Y que también la causa es la misma: la vieja madera tiene el mismo olor y se deja roer por la carcoma, a través de la ventana del mirador entra en verano un haz de luz que dibuja en la pared de enfrente, como sombras chinescas, las hojas de la parra trepadora de la reja, y entonces es hermoso tumbarse en el sillón de mimbre, mientras fuera, en los campos de alrededor, reina la calma del mediodía y los grillos no callan un instante, y son sin duda los mismos grillos , es decir, diferentes e iguales a los de siempre. Y que a finales de febrero, la magnolia japonesa sigue floreciendo, incluso antes de que le salgan las hojas y parece un extraño tiesto de flores confitado en el aire, como eterno. Y con ella, algo más apartada en el jardín, está la mimosa que te gustaba tanto. (…) 
Y además te diría que las veladas son largas, larguísimas, casi infinitas, y lánguidas, pero que mi corazón reacciona como en otros tiempos, y a veces ante una música, un sonido, una voz que pasa por la calle empieza a palpitar como loco, parece un caballo al galope. Sin embargo, si la noche me despierta, como siempre, para calmar esos latidos me levanto y me voy al comedor, enciendo una vela amarilla, porque el amarillo es hermoso en la penumbra, y leo Dulce y clara es la noche, y sin viento, y esas palabras me tranquilizan, aunque el viento fuera sacuda las ramas de los árboles y entonces me digo: lejos de su propia rama, pobre hoja frágil, ¿adónde vas tú? Me lo pregunto e intento volver a quedarme dormido y si no lo consigo reavivo las brasas de la chimenea para que brillen un poco más, y para quedarme dormido pienso que podría escribirte que no sabía que el tiempo no espera, de verdad que no lo sabía, nunca se piensa que el tiempo está hecho de gotas y basta con una gota de más para que el líquido se esparza por el suelo y se extienda la mancha y se pierda.
Y te diría que amo, que sigo amando, aunque mis sentidos parezcan cansados, porque lo están, y ese tiempo que era tan rápido e impaciente, ahora se me hace larguísimo a ciertas horas de la sobremesa, sobre todo a medida que se va acercando el invierno, cuando equinoccio se marcha y la tarde cae a traición y las luces que no te esperabas caen en el pueblo. Y te diría también que he preparado las palabras para mi lápida, no son muchas, porque entre la fecha del nacimiento y la que será de mi muerte todos los días son míos, y he tenido la precaución de dejárselas al hombrecillo que se encarga de estos caritativos servicios, por oficio o por vocación. Y te hablaría además de aquella vez que te vi, mientras tu me enseñabas el paisaje, y tu figurita que destacaba contra el horizonte me pareció lo más hermoso que el mundo había concebido, y me entraron ganas de interrumpir tu sabia descripción abrazándote con el calor de los sentidos que entonces estaban inflamados.
Y además te hablaría de ciertas noches en las que hablábamos de aquella casa en otros ríos que hemos contemplado juntos pensando en que discurrían solos, sin advertir que nosotros discurríamos con ellos.  Y te diría también que te espero, aunque no se espere a quien no puede volver, porque para volver a ser, aquello que fue debería ser aquello que fue y eso es imposible. Pero te diría: mira, aquello que ha sido en todo este tiempo, que parece tan imposible de perforar como cuando el taladro se topa con un estrato de granito, pues bien, todo eso no es nada, no será en absoluto un obstáculo imposible de superar cuando leas la carta que un día te escribiré, ya verás, una carta en la que siempre he pensado, que me ha acompañado durante todo este tiempo, una carta que te debo y que te escribiré de verdad, puedes estar segura, te lo prometo.

Antonio Tabucchi
Se está haciendo cada vez más tarde. 
2001.

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